He aquí a una diosa postrada ante su altar,
Ha adquirido la forma de la carne,
Hoy está suplicante por el roce de otra piel
Abre su compás con la suavidad de la brisa,
Nocturna recorre sus cordilleras y sus andes,
Vierte sobre su mano humedad etérea
La mar de su cuerpo se ha manifestado,
Voluptuosa conmina a su espectador ausente,
A perderse entre su magma y su savia
Grito gozoso que rompe el silencio,
Convulsiones exóticas prisioneras del deseo,
Respiración interrumpida que lleva a la agonía
¡Tantas veces claman manos mortales tocarla,
tantas veces desdeña la diosa sus ruegos,
Postrada ante su altar está la diosa ahora!
-Piaf
Wednesday, August 3, 2011
Monday, January 10, 2011
Tacto
Perla llegó ese día temprano, tenía apenas dos meses de estarme ayudando con el aseo de mi casa. Cuando abrió la puerta yo no acababa de levantarme, así que con un poco de pena saludó y se disculpó al verme aun acostado. Le dije que no se preocupara que era buena hora, pero que dado que no tenía trabajo ese día, había decidido estar más tiempo en la cama. Ella se apresuró a hacer el aseo, su primera actividad era poner la ropa en la lavadora para que mientras ésta trabajaba ella realizara en paralelo el resto de las actividades. Al recoger la ropa se acercó a la cama pues al lado en el suelo estaban mis calzoncillos. Me preguntó si quería que también los metiera a la lavadora a lo que respondí afirmativamente. Yo estaba completamente desnudo debajo de una sabana pues en esa época de calor, era lo único soportable. Cuando ella regresó de poner toda la ropa en la lavadora, le pedí que se sentara a un lado de la cama, a lo que ella accedió un poco temerosa. Le dije que le haría una prueba de sensibilidad. Le pedí que cerrara los ojos y que me prestara su mano. Le anuncie que pasaría su mano por varias texturas y que ella me diría que era lo que estaba tocando. Lleve su mano a mi pelo, a mi nariz, a una oreja, a mi mentón, a mi pecho y ella respondía de manera correcta. Comenzó a extremecerse cuando llevé su mano a mi vientre y a mi ombligo, quizás sabía que era, pero el nerviosismo no la dejo hacerlo. Entonces, coloque su mano arriba de mi falo cubierto por la sabana, y ella lo presionó solo un poco para detectar de que se trataba, exclamando: ohh, pero no atinó a decir más. Comenzaba a excitarse, notaba su respiración entrecortada y la erección de sus pezones se adivinaba bajo su blusa. Entonces rápidamente quité su mano de ahí y la volví a llevar a lugares menos atrevidos. Mientras hacía esto, me quite la sabana dejando mi falo al descubierto, y entonces volví a llevar a su mano para que me lo tocara. Al primer contacto ella se retiró instintivamente, pero evite que se alejara y le ayude a recorrer la extensión de mi erección, hasta dejar que ella sola lo hiciera, entonces comenzó a exclamar sonidos que parecían querer describir con placer lo que tocaba. Ella no pudo más y abrió sus ojos para descubrir como su mano acariciaba mi falo erecto. Me vió a los ojos con una mirada de pena, culpa y placer, pero logré notar en su rostro rojo, mucha excitación. Me da pena exclamó, ¿Porqué me hace esto?, ¿Qué va a pensar ud de mi? y trató de retirarse, pero le dije que no había de que apenarse, que si le gustaba que lo siguiera haciendo. Ella ya sin control exclamó, si me gusta y me gusta demasiado, y comenzó a lamerlo con su lengua y a introducirlo en su boca…
Canis Lupus Baileyi
Canis Lupus Baileyi
Sunday, November 21, 2010
En casa de Stefanie

Estábamos de fiesta y cada uno había elegido el disfraz que más casaba con sus gustos y personalidad. No quiero ver ni uno sin disfrazarse o no le dejo entrar, nos avisó Stefanie al pasarnos la invitación. Yo me puse un traje tanguista argentino, con mi pelo engominado, raya enmedio y zapatos brillantes, chaqueta ajustada ... me veía estupendo. La casa de Stefie es preciosa, con un hermoso jardín y una magnífica piscina iluminada para la ocasión y entonces fue cuando la vi a ella.
No sé de que iba vestida, la verdad, pero si se que llevaba una faldita de tul, plisada que rodeaba su cintura llena de vuelos y pomposa. Al menor movimiento dejaba entrever sus pantorrillas y yo diría que algo más que eso. Y ese fue mi entretenimiento toda la noche, estar atento para captar si debajo de aquella delicada tela, tal como yo imaginaba, solo había un chochito al aire.
Fue tanta mi insistencia que creo que se dió cuenta y empezó un juego que a mi me fue volviendo loco poco a poco y a ella debió divertirle mucho. No sé de donde sacó aquella bicicleta de hombre, pero el caso es que allí estaba parada frente a mi y mirándome descarada, cuando ya no podía apartar mis ojos de ella, tan hermosa con su ropa medio transparente, con sus pezones apuntando firmemente al horizonte, creo que duros por la excitación que le producía adivinar lo que yo estaba sintiendo en ese momento, levanto su pierna izquierda para subirse a la bicicleta, que era bastante alta. Entonces confirmé mi suposión, pues en un vuelo fugaz y morboso pude ver la sombra oscura de su bello púbico y la piel sonrosada de sus nalgas.
No fue a ninguna parte, simplemente permaneció alli, junto a los setos en el rincón más discreto del jardín, subida en la bicicleta, parada y moviendose ritmicamente, de forma enervante, frotándose contra la punta del sillín, puntiagudo y sexi. Mi verga comenzó a moverse bajo mis pantalones. Mi cabeza empezó a perder el control, sentía electricidad en mis manos del deseo tan urgente que sentía de tocarla. Ella reía con lascivia y cuando vió que me acercaba, tembloroso por el deseo de tocarla, puso en marcha la bicicleta y desapareció entre los arbustos.
La seguí desesperado, no quería dejar de contemplarla, la necesitaba ahora mismo. Ya.
Afortunadamente estaba allí, recostada en un arbol, con una sonrisa que invitaba a todo, en su boca y aquella faldita mínima y transparente, cubriendo a medias su culo, que me ofreció, al verme llegar, como si fuera un regalo. Mis manos se apoderaron de aquella hermosa luna sonrosada y la exploraron ansioso, la risa de aquella mujer me sacaba de quicio, me ponía a mil por hora, así que adentré mi mano entre aquellos rizos un poco húmedos y metí mis dedos hasta sentirlos rozando las paredes de aquel hueco delicioso. La follé, la follé ¿O tal vez fué ella la que me folló a mi? no lo sé pero aún resuenan en mis oidos los gritos salvajes y los suspiros de aquella especie de demonio lujurioso que había conseguido de mí todo mi semen hasta la última gota.
Camila Lasciva
Saturday, July 10, 2010
Monday, July 5, 2010
Ignora
MichelleIgnora otra vez mi corazón y simplemente tómame
sin consideración
como se toma lo que se te apetece
no te molestes en mentir siquiera
para qué
si el cuerpo de sentirte se te entrega
Ignora todo sentido del pudor y mantenme desnuda todo el tiempo
ni el rubor ni las lágrimas me cubran
sólo tus manos inmensas y tu cuerpo constante
y el perenne deseo varonil de saciarte
Ignora por favor el amor, concéntrate en la carne
no dejes un milímetro a salvo de tu voracidad
y sé un maldito amante añorado y distante
que se pierda en el grito de un orgasmo sin paz
-Mycitlali
Sexo Oral I

Saturday, March 13, 2010
Tu embrujo
Fotografía: Bob Carlos ClarkeLa verdad él, nunca se imaginó, que cuando en un atrevimiento le tocó la pantorrilla, el contacto de su mano con esa tersa piel, le revelaría con la evidencia del axioma, que había encontrado al ser para recorrer los placenteros laberintos de la carne. Y es que, en el más osado de sus pensamientos, alimentados por los poemas de Pablo Neruda y las novelas de Henry Miller, lo más que pudo definir fue la parsimonia de un encuentro que poco a poco, le iba a mostrar esa verdad, que ahora se postraba con la intensidad de un delgado rayo de luz, en un fugaz parpadeo del tiempo.
Todo encajaba esa noche, en medio de esa multitud, mientras todos miraban estallar los cuetes en el cielo, la caricia furtiva en la pantorilla debajo del pantalón, los hacía disfrutar aún más del espectáculo. Y el estrépito de la gente, servía de arrullo a la complicidad erótica que ya habían establecido y que era fortalecida con esporádicas miradas y besos tiernos, adolecentes.
Tuvo que ser un embrujo, no hay otra razón. Ella debió realizar conjuros para conocer todas sus fantasías. De otra manera no se entendería como le adivinaba todo, porque cada deseo imaginario de él, ella lo hacía realidad. Y también, de manera independiente, él debió hacer vudu o intercambiar algo por la felicidad, ya que, en cada beso, en cada guiño, en cada detalle, ella vibraba toda. Incluso las ondas hertizianas de su pésima dicción, le llegaba como una dulce caricia a su entrepierna.
A veces ella era atrapada por un temor que había adquirido de niña y sentía un gran desamparo que la hacia mirar hacia el horizonte en medio de cavilaciones. Y entonces pensó: “Qué era verdad que la fuerza del miedo pudiera crear las religiones”, y enmedio de esa reflexión sintió la mirada que con infinita ternura le explicaba que el mundo esta lleno de retórica, qué el amor no es un papel firmado y que la frase “te amaré para siempre” no era verdadera en un lugar donde la vida no es infinita. Qué desechara esos temores que la sociedad había inventado para fortalecer instituciones, pero que hacían infeliz a la gente por no dejarla vivir de manera plena cada instante. Todo esto se lo decía en voz baja, despacio, como un secreto, hasta acurrucarla en su pecho donde ella se quedaba plácidamente dormida.
El eros destilaba en cada uno de sus poros. Mientras la recorría con su aliento le susurraba un poema de Julio Cortázar “donde lentas e imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes” y ella se extremecía al sentir el vaho que la acariciaba desde la estratósfera de su piel, y siguiendo el rito del poema se ovillaban y desovillaban en “esa maraña de caricias que nos convertía en un ovillo blanco y negro”. Cada encuentro estaba lleno de sorpresas, él claudicaba embrujado de placer ante las coqueterías de ella, ese pequeño detalle que lo enloquecía estaba siempre presente, y ya enloquecido, la llevaba al paraiso, lugar que ella anunciaba con un enorme grito sin importarle el vecindario.
Y cómo no iba a anunciarlo así!, si él la lamía toda, como un niño lame su caramelo favorito. Su aspera lengua recorría cada rincón de su piel con la paciencia de un monje tibetano. Lentamente su recorrido se acercaba a los lugares que la hacían extremecerse, un milímetro de cercanía en cada viaje periódico, hasta que finalmente arribaba al lugar exacto; lugar que ella venía aclamándole desde la mitad de su prolongado viaje. Una vez ahí, él, embelezado probaba de sus paradisiacos jugos y en cada sorbo ella gemía pidiendo que no parara, que la degustara sin límites, sin inhibiciones. Y entonces cuando ella comenzaba a ser invadida por un cosquilleo infinito él la penetraba llegando con su virilidad al lugar que su lengua no había podido alcanzar, al principio despacio con el cuidado con que se toma un hermoso prisma que ha formado la tierra en millones de años, subiendo el ritmo poco a poco hasta alcanzar la velocidad del vértigo que los llevabaría juntos a terminar extasiados, él en una blanca explosión y ella con esa sensación de caída a ese abismo de placer que le arrebataba un enorme grito.
En una ocasión mientras ella se arreglaba frente a un espejo, abrió el compás de sus piernas para medir la flexibilidad de la falda. Ese movimiento fue aprovechado por él para sujetar sus tobillos contra el suelo y formar así las columnas de su templo, como inicio de su veneración comenzó lamiendo sus tobillos fijos al piso, recorriendo con esa caricia las distancias de sus piernas, mientras la recorría de abajo hacia arriba disfrutaba de la entrepierna que comenzaba a hemedecerse debajo del diminuto atuendo blanco. Ella se sintió placenteramente presa de la inmobilidad que la llevaría sin remedio al abismo de las sensaciones, le excitaban tanto los atrevimientos con que él frecuentemente la atrapaba, entonces resignada al placer, se dejo sentir, se dejo acariciar con el atrevimiento de esa lengua que terminó por quitarle su íntima prenda y descubrir esa humedad que recibió con ansias su miembro erecto.
Se amaron en varias ciudades y pueblos, sus corazones latían al encontrarse en lugares para ambos desconocidos, el cariño, la ternura y la complicidad, iban creciendo al mismo rítmo que la pasión y la sofisticación en sus estrategias de seducción.
Sin embargo ella estaba confundida, no entendía porqué las cosas estaban pasando así: vivir tan intensamente, en tan poco tiempo y en una relación que parecía no tener garantías, que podría terminar mañana. ¿Porqué de manera tan intempestiva había llegado todo?, pensaba. Y lo único en que terminaba su pensamiento, en ese ir y venir de reflexiones, en medio de esa angustia por encontrar explicación, era entender qué la había llevado hasta ahí, en precisar el momento en que surgió la chispa que originó el incendio de pasión que seguía creciendo en el infinito bosque de sus más profundos deseos.
Tanta emoción arrebatada le daba miedo, y sobre todo, le daba miedo, seguir dejándose llevar por el caudal que ese ser repre- sentaba, ese ser que desconoce el mañana por temor a perderse el presente; cuando todos, absolutamente todos, necesitamos creer que nos aguarda un futuro. ¡No pudo más! Y entonces, el dia 12 del último mes, cuando la luna estuviera más cerca de la tierra y mostrara su mayor esplendor y tamaño, fue a consultar a un viejo brujo de la Sierra Madre Occidental, que apoyado en la aproximación de la luna a su perigeo, le aconsejó que se alejara, que pusiera distancia, que desde la cima podría ver hacia donde la llevaba ese caudaloso río.
Entonces ella, para darse un espacio a la reflexión sin el mareo de esa pasión que la vencía, le pidió que dejara de verla con esa intensidad, que ya no le escribiera esas palabras peligrosas que acostumbraba enviarle... El tiempo se detuvo. Él miraba con nostalgia el atardecer en medio de los sahuaros, les platicaba sus cosas, les preguntaba como ellos amaban, pedía en los mercados polulares recetas de cocina de tradiciones milenarias de mesoamérica buscando que el sabor tuviera respuestas a sus inquietudes, deambulaba por las noches entre gatos trasnochados y para mitigar el dolor de la ausencia de su amada, comenzó a escribir el siguiente relato:
“La verdad él, nunca se imaginó que, cuando en un atrevimiento le tocó la pantorrilla, el contacto de su mano con esa tersa piel, le revelaría con la evidencia del axioma, que había encontrado al ser para recorrer los placenteros laberintos de la carne... ”
-Canis Lupus Baileyi
Subscribe to:
Posts (Atom)
Anónimo