Sunday, July 26, 2009

Regresa

Fotografía: anónimo


Regresa con frecuencia y tómame,
amada sensación; regresa y tómame.
Cuando despierte el recuerdo en mi cuerpo,
y el antiguo deseo me recorra la sangre,
cuando los labios y la piel recuerden
y sienta aquellas manos que aún me tocan,
regresa con frecuencia, y tómame en la noche
cuando los labios y la piel recuerden.

-Constantino Kavafis

Madura

Fotografía; Jeff Fiore


El término madura deriva del latín "maturus" y significa bueno.
El distinguido buque de la mujer madura, buena, algunas muy buenas, se descubre en el momento justo, en el tiempo de la cosecha. Como regocijándose con un vino bien envejecido.
A la mujer madura hay que disfrutarla, deleitarla, complacerla, bañarla en agua de rosas, mordiendo suave sus nalgas, impregnando los dedos de su bálsamo, lamiendo su sexo, como cuando te comes un melón jugoso y se te derrama por entre los labios. Si sus senos son pequeños, su pezón es la cima con la que rozas el firmamento; si grandes son, la vida abunda en piedad, caridad, ternura infinita.
A ellas se les debe fantasías, motivos, eslabones, devoción eterna, sueños mojados y ser fiel seguidor de Onán.

-Salvador Reyes

Los Run Runes

Fotografía: Google Images

La temporada de los Run-Runes llega como de costumbre, con mucha llluvia. Por las noches después de llover, un runruneo grave sinfoniza sin descanso en el jardín. Muchos Run-Runes rayan el espacio insansablemente. Buscan hembras empinadas entre el pasto, que emenan olores capaces de enloquecer al macho más sensato.

La metamorfosis llega a su fin. Los tiempos de huevo larva quedan atrás. Machos y hembras acuden al llamado sexual. Llegó el momento de fecundarse, aunque después sus cuerpecitos pasan a formar parte del abono biológico que reclama implacablemente la naturaleza.

Un latigazo de hormonas femeninas sacude violentamente la virilidad de Run-Run. Sus docientos ochenta miligramos de peso vibran como cuerda de guitarra, bate poderosamente las alas y rastrea el oloroso orificio vaginal.

Run-Run no es el único que vibra ante el pegasoso aroma. Otros Run-Runes también rastrean la misma hembra. Saben que el más ápto la copulará. Así es la ley.

La nube de coleóptedos se acerca rápidamente al virginal orificio que emana las enloquecedoras hormonas. Run-Run está cerca. Sin embargo las hormonas masculinas se mezclan densamente con las femeninas enrareciendo el ratro más y más. Run-Run runrunea enardecido tratando de ubicar el orificio con exactitud. El olfato no es suficiente, la vista es la solución.

Varios Run-Runes además de Run-Run caen de golpe sobre una hembra que resiste firmemente los toscos embates. Embarrados de aroma femenino por el contacto mutuo, se ciegan sexualmente e intentan copularse unos con otros. El olfato y la vista resultan insuficientes para ubicar el ansiado orificio. Presurosos, recurren a sus antenas.

Una y otra vez. Run-Run desplaza con fuerza a sus oponentes y palpa temblorosamente el vientre fertil de la hembra, pero se lo impiden los otros Run-Runes. Todos luchan por el mismo derecho: perpetuar la especie.

Inesperadamente, un cuerpecito raya el espacio y cae sobre el orificio vaginal, lo palpa y penetra con facilidad ante la ciega confusión de los demás. La hembra se entierra en el pasto llevando en su vientre el secreto de los tiempos de huevo y larva. Run-Run muere patas arriba mirando el cielo oscuro.

El pasto del jardín se cubre de cuerpecitos cafés todas las noches y los pájaros se los comen alegremente por la mañana. Las lluvias se van, pero los futuros Run-Runes se quedan en el jardín, aprendiendo en silencio las notas graves de la vieja sinfonía runruneana.


Tomado hace años de un periódico mural del CINVESTAV impulsado por
Adela Rendon y Ignacio Tlatelpa


- Jus

Iniciación

Fotografía: Gregor Schulz


La viva textura de sus diminutos montículos, no dejaban de asaltarme todo el día. Jamás imaginé que debajo de esa sobría falda estuviera ese paraíso palpitante lleno de curvas, de recovecos, esa geografía imponente que se extremecía en cada uno de mis recorridos.

Esa tarde fue una de las más reveladoras de mi vida, Sandra me invitaba a ser el cómplice que mitigara ese fuego que la consumía en los últimos años de la adolescencia.

Tanto ella como yo, disfrutabamos de esas tardes inquietas, llenas de susurros y de caricias cada vez más atrevidas y prolongadas, y en magistrales representaciones teatrales fingía estar dormida mientras tomaba posturas bajo la cama, que dejaban a mi placer esas nalgas redondas y tersas, donde yo embelezado sentía el principio del infinito. Esos movimientos, donde ofrecía sus enormes piernas bronceadas para que explorara sus secretos como el más intrépido aventurero en las accidentadas formas del Himalaya.

Desde entonces dejamos de vernos de la misma forma, ahora nuestros ojos buscaban en la mirada del otro, el mensaje oculto, la señal que nos indicará el lugar de nuestros nuevos encuentros. De esta forma navegamos bajo falsos alarmas, con súbitos espasmos de ese ánimo cronometrado por las palpitaciones, de esas ganas que crecían sin control hasta que la suerte se apiadaba de nosotros para hacernos coincidir en una explosión de caricias, en un torbellino de deseo que una vez saciado, nos dejaba extenuados con la mirada perdida en el horizonte, donde los colores nos parecían más claros y brillantes. Y sobre ese espasmo, sobre ese estado de contemplación al que nos arrojaban como trapos las fauces del deseo, volvía nuevamente a crecer el anhelo de otro nuevo día.


Comencé a aprender poco a poco las caricias que le gustaban más a Sandra, caricias que increcenso la arrojaban a querer prolongar esa sensación para siempre, hasta que la transformaban en una playa entregada en plenitud a los arribos de mis caricias, que como olas, llegaban una y otra vez para formar una arena cada vez más sensible y dispuesta.

Solo fue una ocasión, cuando mis caricias la llevaron a permitirlo casi todo, y en ese momento cúspide, me dejo descubrir el secreto de su entrepierna, ese suave enjambre que chupaba mis caricias con una hambre colosal, mojando todo y emitiendo un olor de rosa selvática. Embrujado por ese aroma mis manos rosaban la textura de esos labios con el cuidado y la ternura que se merece una divinidad, el misterio de la naturaleza concentrado en el punto más exótico del mundo.

La prudencia y los temores de mi prima Sandra, así como la inocencia de mis ocho años no me permitieron ir más allá, ese fué el máximo acercamiento al cielo que los dioses me regalaron en esas vacaciones de verano. Ese efímero periodo que me marcó para siempre, dejándome como un sonámbulo en la búsqueda eterna del olor del paraís

-Canis Lupus Baileyi

Orgasmos consonantes

Fotografía: George Portz


Cansada y expectante
perdida entre el tumulto que transita
tu voz llegó a mi centro y se introdujo
provocó ese lento y dulce cosquilleo de lo imposible
el pausado placer de caricias etéreas
Allí, sola entre todos, me condeno
dejándome llevar por tus susurros
por la sonoridad de tus palabras
que me vibran por dentro
que me violan despacio
que me dejan flotando en líquidos corpóreos e incorpóreos
en fluidos prohibidos …,
las ondas sonoras de tu voz me alcanzan en el clítoris
discreta, intensamente, sin consideración.
Perdida entre el tumulto me desgarro y me acabo
en incipientes orgasmos que reprimo,
orgasmos de palabras, de sonidos
fuertes, dulces, perfectos, esperados
orgasmos de tu voz que se anida en mis huecos
me penetra y me agota sin más.

-Mycitlali

Tarumba

Fotografía: Anónimo


Ay, Tarumba, tú ya conoces el deseo.
Te jala, te arrastra, te deshace.
Zumbas como un panal.
Te quiebras mil y mil veces.
Dejas de ver mujer cuatro días
porque te gusta desear,
te gusta quemarte y revivirte,
te gusta pasarle la lengua de tus ojos a todas,
Tú, Tarumba, naciste de la saliva,
quién sabe en qué goma caliente naciste.
Te castigaron para darte s\'olo dos manos.
Salado Tarumba, tienes la piel como una boca
y no te cansas,
No vas a sacar nada.
Aunque llores, aunque te quedes quieto
como un buen muchacho.

-Jaime Sabines

Lo prohibido

Fotografía: Anton Path


Entre la maleza
escondido en la sombra me codicias
me espías, me miras silencioso y loco
cuando cae la tarde te acercas temeroso
cuando quedo sola me atacas dulcemente
te impregnas con mi esencia
te empapas con mis sueños
te fundes en mi cuerpo
y después de tanta pasión exacerbada
todo el sudor de la noche es sólo nuestro
todo el amor del cielo yace en nuestro sexo
pero antes del alba el miedo nos persigue
y te lavas con jabón mi aroma
te arrancas de la piel mis besos
sacudes de tus manos las formas de mi cuerpo
regresas a tus escondites
desde ahí durante el día me atisbas
me clavas tus pupilas, porque lo que no puedes
es borrar mi recuerdo de tu mente.

-Mycitlali